martes, 15 de abril de 2014

Hay un quejido de tambores que nunca cesa: Luis Buñuel y Viridiana en semana santa

Luis Buñuel, por el pintor Pedro Sagasta

Como un quejido ronco de tambores
cortado con cristal estremecido
se enciende el rayo y me desaparece
(Miguel Ángel Yusta)
Llega mediado el mes de abril y de nuevo el sonido de los tambores retumban en nuestras calles, como el quejido ronco que describen algunos poetas. Particularmente suenan en las regiones que conforman la ruta "del bombo y el tambor", en Teruel y más especialmente en Calanda, la tierra de Luis Buñuel. Él, Buñuel, sigue siendo algo así como el sonido de tambor que nunca cesa, que se recuerda (aunque bien debiera recordarse más) y que sigue perturbando hoy igual que ayer. En nuestros días haría falta otro Buñuel que pusiera las mentes patas arriba, que removiera las ideas, que con una imagen tamableara el pedastal sobre el que se edifican las mentiras, hoy igual que ayer. Su manera de revelar con imagenes y sin palabras sigue siendo moderna, actual, no superada. Nadie puede desbancar esta manera de contar que tenía el cineasta aragonés.
Se afanan los libros de Historia en recordar el Centenario de los Sitios de Zaragoza en lugar de señalar 1908 como la irrupción del cine en Zaragoza, año en que los tranvías eran tirados por mulas y la gente pudiente alquilaba casazas detrás de los cuarteles para veranear en las playas de Torrero. Pero quién necesita de aquellos manuales de Historia existiendo Mi último suspiro en el que Luis Buñuel relata su particular descubrimiento de la magia, del cine,  en el local Farrucini, donde la gente se sentaba en los bancos de una barraca cubierta por una lona y esperaba para descubrir el nuevo invento del siglo XX. Picaresca, invención, relato fantástico o realidad, Buñuel no es exacto en sus memorias o, mejor dicho, es deliberadamente inexacto. En 1905 ya había llegado a la capital aragonesa el cinematógrafo y existían lugares para su exhibición, por ejemplo, en la calle Estébanes, 31, donde se situaba el Palacio de la Ilusión, lugar en que realmente el director aragonés vería su primera película, El tocino parlanchín.
Luis Buñuel retratado por Salvador Dalí.

En el número 10, diciembre de 1999, de la extinguida revista Pasarela, dirigida por el pintor Eduardo Laborda y editada por el escritor Manuel Martínez Forega, Isabel Comps relata de manera minuciosa este primer contacto de Luis Buñuel con el cine. Fue, efectivamente, en casa de unos familiares donde, a través de la ventana de la cocina y de sus rejas, el pequeño Luis, junto a su vecina, la niña Carmen Sampietro, quedó fascinado por las imagenes en movimiento del Palacio de la Ilusión de la calle Estébanes. Por aquel entonces, la familia Buñuel vivía en la calle del Coso número 5, uno de los primeros edificios de Zaragoza que contaban con ascensor. Allí también vivía la pequeña Carmen Sampietro. En aquella sociedad las diferencias entre ricos y pobres eran enormes. Según recuerda Carmen para la mencionada revista Pasarela, los ricos iban de paseo en coches de caballos, paseaban en góndola por el Canal Imperial y las señoritas tomaban clases de piano. Ella misma tocaba muy bien el piano por aquel entonces y a los catorce años, ya tenía la carrera de Madrid. Siempre que el cineasta de Calanda visitaba a Carmen traía unas partituras. Entre las que le regaló figuraban Parsifal y por supuesto, Carmen. Como recuerda para este reportaje Carmen Sampietro, la buena amistad con Luis Buñuel, a quien recuerda como un hombre bueno, duró toda la vida.
"Aún muy jovencita fuiste  tú la primera persona que me produjo las primeras emociones musicales. Recuerdo que tenías las partituras a piano de distintas óperas: Carmen, Fausto, etc. ¡Adiós a aquellos años! Pero no aún a esta vida. Tu fiel Luis" (Fotografía cortesía de Eduardo Laborda)

 Es lógico que aquel pequeño Luis Buñuel, sacudido por la primera magia del cine, también por ser testigo de la llegada del primer avión a Zaragoza (en 1909), por su primer contacto con la música y por esa rápida transición, según sus propias palabras, de la Edad Media a la Contemporánea, en la ciudad de Zaragoza, supiera posteriormente plasmar todas aquellas experiencias en sus películas. No obstante, su padre no veía con buenos ojos el negocio del cine (un asunto de saltimbanquis, decía) pero su hijo se convertiría en uno de los mayores creadores de aquella nueva forma de expresión artística que llegaba, con el resto de los avances tecnológicos, a Zaragoza.

En plena semana santa, viendo desfilar como todos los años (haya crisis o abundancia) a los cofrades de siempre y escuchando aquellos tambores que solo transmiten ruido donde debiera haber dolor y sufrimiento, pero no por un dios muerto sino por los hombres y mujeres que mal viven en la casa de al lado, uno no puede dejar de pensar qué haría de este mundo si Luis Buñuel regresara de su tumba para ser testigo, comprara los periódicos y realizara una película para contar, a su manera, el avance descontrolado de estos tiempos inútiles. Pero el pensamiento se me queda demasiado cercano a la utopía. Hoy ya no hay niñas saltando a la comba que arrojen al fuego las coronas de espinas que dejan de portar algunas monjas valientes. Ya no hay últimas cenas que acaben con los comensales, como pinturas negras de Goya, sucumbiendo a los placeres carnales y las debilidades del ser humano, ya no hay hombres "de bien" que se cuelguen de un árbol por sus pecados, ni vestidos de novia de muertas para que los vistan muertas en vida, ni cenizas en la cama. O, mejor dicho, sí que existen pero nadie muestra estas maldades. Nadie se atreve a enseñar la verdad como se atrevió Luis Buñuel con sus películas. En 1961 rueda Viridiana, una buena película para ver en semana santa. Los primeros minutos de la cinta, son impagables. La manera en que el director aragonés consigue perturbar al espectador en esa primera parte no se ha vuelto a dar en ningún otro realizador. Pero la película, durante todo el metraje, tiene momentos inolvidables, imagenes que se quedan en la memoria y que nos cuentan de una manera muy particular y única las maldades del ser humano. Así mismo, la llegada de Jorge (Francisco Rabal), un hombre "que no necesita ninguna bendición para vivir con una mujer", coincide con la conversión de Viridiana (Silvia Pinal) en falsa hermana de la caridad y con su evolución, desembocando finalmente en esa derrota que la libera, dejando de ser esclava de la iglesia para ser, quizá, esclava del deseo o de la carne. La frase final de Jorge "La primera vez que te vi ya supe que acabarías jugando al tute conmigo" es mucho más reveladora de lo que parece. La cámara se aleja y los tres (Jorge, Viridiana y Ramona) quedan en la habitación jugando a... ¿las cartas? En definitiva, corren tiempos favorables para volver a ver las películas de Luis Buñuel. Nunca envejecen y su cine sigue siendo ese quejido de tambores que se deja escuchar hoy igual que ayer, esa protesta que nunca cesa.
Silvia Pinal como Viridiana
Nadie puede ver "Viridiana" sin recordar las pinturas negras de Goya

*He tenido acceso a la revista Pasarela, en primer lugar, gracias a mi amigo Jesús Laboreo, que regenta el bar Ragtime en la calle García Galdeano de Zaragoza. Posteriormente he podido acceder a más números de esta revista, gracias a mis amigos Eduardo Laborda e Iris Lázaro. Eduardo me mostró la fotografía original que aquí aparece escaneada y que Luis Buñuel dedica a su vecina Carmen Sampietro, así como un jarrón que aparece en la película Viridiana y que mi amigo guarda como lo que es, un tesoro. Y es imposible hablar de la figura de Luis Buñuel sin recordar las conversaciones con uno de los mayores buñuelistas del momento, mi amigo Alfredo Moreno, con quien siempre acabamos hablando de cine pero, sobretodo, de Hitchcock y Buñuel, esos dos artistas no tan diferentes.  Gracias a todos ellos, ha sido posible escribir este pequeño texto.

Acabaré con algo que le hubiera gusta la cineasta aragonés: Semana santa en Pabostría



domingo, 13 de abril de 2014

En domingo, ya se sabe, La Gran Familia


Como desde un álbum de fotografías amarillentas, antiguas, arrugadas, observamos esta estampa que bien debería ir rodeada por una orla y con la fecha escrita a lápiz, donde pudiéramos leer 1962 Fue este el año que se estrenó La gran familia dirigida por Fernando Palacios, tolerada, respaldada y bien considerada por el régimen franquista, que nos representaba a una España próspera, moderna (y por tanto falsa, en el polo opuesto a la triste realidad) donde un humilde aparejador (Alberto Closas) podía sacar adelante a un familia de doce churumbeles, una esposa modelo (según las esposas del movimiento del tío Paco), de esas de quedarse en casa para planchar y hacerle la comida al marido que traía el jornal a casa y a un abuelo que, al estar jubilado, se consideraba según sus propias palabras jo-ro-ba-do. De hecho, el abuelo (Pepe Isbert) y el entrañable padrino (José Luis López Vázquez) es de lo poco que podemos salvar de esta película que se convirtió en lo mejorcito del cine patrio para todos aquellos que estaban orgullosos, en 1962, de vivir en la dictadura que era España. Si a mi abuelo, que era también aparejador, le hubieran dicho que tenía que alimentar a doce bocas... no sé qué hubiera hecho. En fin... Estas cosas solo pasan en el cine, solía decir mi abuela.
El padrino me caía bien. Pero eso es mérito exclusivo de López vázquez, claro.
Tanto éxito obtuvo La gran familia que en 1965 se rodó la prescindible La familia y uno más Y no contentos con ello, en 1979 se rodó la película más interesante de la trilogía que fue la titulada La familia bien, gracias, de Pedro Masó con guión en el que colaboró Rafael Azcona. Esta tercera propuesta no tiene nada que ver con las otras dos anteriores excepto sus protagonistas (Closas y López Vázquez) y Masó propone una película amarga y con la dosis de realidad que estaban ausentes en a las dos anteriores.
Pero no quería hablar de cine en este domingo musical que vengo a proponer desde este humilde blog. Quería hablar de otra gran familia y tampoco de La gran familia española (Daniel Sánchez Arévalo. 2013) Hoy vengo a hablar de La gran familia que el cantautor Kike Ubieto nos propone en su último trabajo Pan y Circo (Salvemos a la banca), desde luego, muy alejada de la gran familia cinematográfica que comenzaba esta entrada y dotada de todo el espíritu crítico que le faltaba a aquella película y que, por otro lado, nos hace falta en estos tiempos tanto como en aquellos. Hace un par de semanas pudimos ver a Kike Ubieto en el pub El Zorro de Zaragoza. Mi admiración por la música de este jaqués está acompañada por una amistad que, precisamente, nació en Jaca este pasado verano. Kike me acompañó en Barcelona, en la presentación de Concierzo de viento y también, desde el Ateneo Jaqués esperamos poder colaborar con él en próximos encuentros. La música de Kike está respaldada por el buen hacer y por la voluntad de contar la verdad, de reivindicar los derechos que se nos usurpan, de cantar con libertad, desde la original fórmula de un clásico ragtime, un rock fronterizo (como su tema Soy un ciempiés). una elegante bossa-nova o incluso algún bolero dedicado a nuestra madre Gaia. Que nunca nos falte la música y menos aún si es, como en este caso, acompañada por una letra para abrir conciencias y cantar con la verdad por delante. Escuchemos pues esta gran familia propuesta por Kike Ubieto, acompañado por Eugenio Arnao, en un video de su último concierto en Zaragoza.

domingo, 6 de abril de 2014

Sesión de cine, de música, de... ¿lágrimas?

Glenn Miller. En la mano izquierda, el trombón. En la derecha, el cigarrillo. Durante algunos años sería la imagen de la marca Chesterfield.

Hace una semana, en el programa Cuarto milenio, Iker Jiménez hablaba de todos los aviones desaparecidos y nunca encontrados como ya hiciera en Más allá, Fernando Jiménez del Oso, en la década de los setenta, cuando descubría a los telespectadores españoles el triángulo de las Bermudas o el triángulo del diablo. Solo que en la actualidad, se supone, que hay muchos más aviones desaparecidos. Pero en Cuarto milenio, esta vez, echaron mano de cualquier caso para respaldar el misterio. Y uno de esos aviones desaparecidos que citaron fue el que llevaba como tripulante al músico Glenn Miller (por aquel entonces, ascendido ya a Mayor Miller en las Fuerzas aéreas) y a otras dos personas, el 15 de diciembre de 1944, vuelo que se dirigía de Twinwood (Londres) a París. Sin embargo, el misterio que se pretende en la desaparición de Glenn Miller no es tal y varias son las conjeturas que nos llevan a explicar su muerte aunque, bien es cierto, ninguna ha sido aceptada hasta el momento. Repasaremos cada una de las explicaicones aquí, teniendo en cuenta también la que se expuso en Cuarto milenio.
 
Glenn Miller creó The Glenn Miller Orchestra en 1937 después de formar parte de la orquesta de Ben Pollack junto al clarinetista por aquel entonces desconocido Benny Goodman. Ya en 1938, después de diversas grabaciones con RCA Victor y His Master's voice, la orquesta de Glenn Miller copaba los primeros puestos de las listas de ventas. Como músico, hay que reconocer su innovador sonido. Cierto es que, al sustituir en las baladas la cuerda por el viento (los violínes por los saxos o los clarinetes), creó un sonido más moderno que el resto de las bandas dotando de un toque diferente y metálico a las canciones lentas y creando un sonido potente y explosivo en los temas bailables de swing, motivado por el protagonismo que otorgó a los saxos y al instrumento del que era solista, el trombón. Pero también es cierto que la figura de Glenn Miller fue mitificada y en cierta manera sobrevalorada frente a otras Big Bands del momento. Y películas como The Glenn Miller Story (Anthony Mann. 1954), al servicio del sistema del American way of life, contribuyeron en gran medida a engordar ese mito y alimentar la falsedad de una historia que, a menudo, se adorna con misterios "sin resolver".
James Stewart fue Glenn Miller en The Glenn Miller Story Asombroso el parecido.


Es necesario tener en cuenta que, excepto Moonlight serenade, Glenn Miller nunca compuso una canción. La famosa In the mood (que suena en la cabecera de esta entrada) es una mezcla de partituras que Glenn encontró a la salida de una audición, en la década de los treinta. La base de la canción es una composición de Joe Garland y Razaf Andy. Bien es cierto que Glenn Miller aceleró el ritmo de la composición e introdujo unos cambios vitales para hacer de su grabación de 1939 la canción norteamericana por excelencia, el sonido insignia de la época de las big bands y todo un himno utilizado por el ejército norteamericano en la Segunda Guerra Mundial. Podríamos decir que Miller brilló en sus arreglos musicales más que en sus composiciones. Buena prueba de ello es la marcha militar titulada American patrol (compuesta en 1885 por Frank White) que Miller convirtió a en otro himno de guerra, dotándola de un sonido big band espectacular. Pero más que restar mérito  la figura de Glenn Miller músico, a la que yo admiro (melómanamente hablando), más apropiado es hacerlo con la imagen que se hizo de él. Como hemos dicho en la película The Glenn Miller Story, de Anthony Mann, se nos relata un cuento de hadas, una historia de amor, que nos presenta al músico como el mejor hombre sobre la Tierra. Aquel que fue obligado a alistarse en las fuerzas aéreas pero que, una vez en la guerra, "luchó" con su única arma, el trombón, por una causa justa y que practicamente con su música, derrotó él solito al ejército alemán infundiendo valor y energía a los ejércitos aliados. James Stewart se encarga de dar vida al mito en esta película de la que bien podemos salvar cuatro cosas: como siempre, la actuación de Stewart. Evidentemente, la banda sonora. El cameo de Louis Armstrong. Y por último, la primera parte de la película, que relata la vida de Glenn Miller antes de alcanzar la fama y de su manera digamos, poco ortodoxa, de pedir matrimonio a su esposa, la encantadora June Allyson en la película.


Pero el problema de la cinta, además de la excesiva sensibilería, es el final que dan al músico. Supuestamente Glenn Miller toma un avión para dar un concierto de Navidad, el día de Nochebuena. El avión se estrella, muere y la familia, consternada en casa, escucha en la radio y entre lágrimas el concierto que Glenn había programado (de este clamoroso final suponemos que viene el título que se le dio en España a la película, Música y lágrimas) Pero recordemos que, en la realidad, el avión partió el 15 de diciembre y el objetivo era dar una serie de conciertos en la Europa liberada, antes de Nochebuena. Lo cierto es que, probablemente, el avión nunca partió del aeropuerto de Twinwood. Como hemos dicho, conjeturas sobre la muerte de Glenn Miller hay varias y todas más creíbles que la misteriosa desaparición de un avión militar del cuál nunca se han encontrado restos. 


La hipótesis más lejana a la película es que Glenn Miller se encontraba en un burdel alemán cuando fue apuñalado por la prostituta con la que compartía habitación y que, para mantener la buena imagen de un icono del ejército norteamericano, nunca se desveló el cuerpo. Sin embargo, no se ha podido confirmar este morboso desenlace de la vida del músico. Por otro lado, en The Glenn Miller Conspiracy, su autor Hunton Downs afirma que el trombonista fue puesto a las órdenes de Eisenhower y posteriormente apresado por la Gestapo para llegar hasta él. Fue torturado, golpeado, asesinado y abandonado en un burdel de París. En esta hipótesis de Downs, publicada en 2010, el avión sí habría partido de Londres e incluso hubiera llegado a París donde el músico sería apresado. Pero la tercera y más probable de las explicaciones es que el avión fue derribado accidentalmente por bombarderos de la RAF que se disponían a lanzar un ataque sobre Alemania. Una vez abortado el bombardeo, las bombas se dejaron caer al mar para aligerar peso. Según el cuaderno de bitácora del piloto Frad Shaw, un pequeño avión monomotor fue avistado precipitándose en espiral y sin control al océano, alcanzado por una de esas bombas. Era el día y la hora en que Glenn Miller desapareció.
Aún con todo, la muerte de Glenn Miller, como muchos otros casos en los que está implicado el gobierno y ejército estadounidenses, (hay que reconocer que para desvirtuar la realidad y hacer desaparecer cosas, son los mejores) ha quedado sumida en el misterio y por supuesto, sin resolver. Un dato más. El piloto que manejaba el avión donde viajaba el músico el día de la tragedia, sería recibido en tierra por una corte marcial donde iba a ser juzgado por traficar en el mercado negro. Como vemos, existían numerosas razones para que el avión y sus tripulantes desaparecieran, sin más. Como ya he dicho anteriormente, admiro la capacidad de comunicación de Iker Jiménez y confieso que sigo asiduamente Cuarto milenio (por cierto, podremos ver a Iker Jiménez en Zaragoza el próximo diez de abril a las 18:30 en el Hotel Zentro de la calle Coso donde ofrecerá una charla) pero, únicamente, creo que "el caso Glenn Miller" no puede estar dentro de los archivos que se suponen clasificados por haber desparecido sin aparente explicación racional en mitad del océano. Afortunadamente el programa en cuestión continuó y solo se rozó de pasada el tema Miller. Después repasó la historia de otro accidente mortal rodeado por el misterio y lo hizo desde la admiración y el respeto al gran Félix Rodríguez de la Fuente. Son estos detalles, los que más me gustan en el programa de Iker. Pero, para no desviarnos del tema, digamos que como espectadores de la película The Glenn Miller Story, podemos relajarnos y disponernos a recibir la historieta de Anthony Mann como un cuento romántico. Y haciendo esto, incluso podemos disfrtuar de James Stewart y de una banda sonora irrepetible. Podemos creer que, ilusionado por el collar de perlas que entregó a su novia como regalo de bodas, Glenn Miller compuso String of pearls (aunque el compositor sea Jerry Gray) También podemos confiar en que Little borwn jug es un regalo de aniversario a su esposa y que el músico murió porque, desoyendo el parte meteorológico, tomó una avioneta en una desafortunada noche de niebla. Después de todo, la película de Mann nos ofrece la versión más amable de la vida de Glenn Miller y de hecho, la historia que creyó el público norteamericano de los años cuarenta y cincuenta.  En cualquier caso, el mejor legado que nos dejó el músico fue su banda. Ha quedado el sonido legendario de sus canciones como un icono de una época y como parte indiscutible de la Historia de la música del siglo XX Así que, ladies and gentlemen, The Glenn Miller Orchestra with Chattanooga Choo Choo!

miércoles, 26 de marzo de 2014

Soles a la inversa


Crepúsculo a la inversa.

Alejado y ajeno
al deslavazado ritmo 
que imprime la vida en la ciudad,
el regreso al cauce, 
al regato del río,
apacigua los nuevos surcos
y en la mañana inédita
un sol brumoso
enciende a tientas
las incrédulas cumbres.

Durante el corto sopor de la siesta
me susurró un trasgo sin alas
que, al cambiar de lugar,
se alarga el instante
hasta lo invisible.
Yo aquí, extiendo los segundos
como quien, pasados los siglos,
desempolva una alfombra
de sus primeros pasos.

Es el milagro de los bosques,
fiel refugio sin fronteras,
el postrer encuentro de un amanecer
a la inversa.
Respirar y contar todos los sonidos
que pueblan
el silencio de la montaña.


Este es un poema de ese silencio que podemos escuchar en la montaña, la paz, el sosiego y todo lo que el entorno nos regala lejos de la ciudad. Esta entrada del blog Mare Brava también habla de ese silencio. Cuentan que, en Jaca, la nieve ha dado la bienvenida a la primavera. Lo podemos ver aquí
Para terminar, od dejo con un tema titulado Darling pretty de Mark Knopfler

domingo, 23 de marzo de 2014

Domingos musicales: El valle de las estrellas


Esta semana pasada fueron varios días importantes: el día del padre, el día de la felicidad, el día de la poesía, el primer día de la primavera... Pero también fue, en concreto el lunes, St. Patrick's day. Para celebrarlo, un poco tardíamente, traigo hasta este domingo musical la delicada pieza El valle de las estrellas del grupo O'Carolan, tema correspondiente a su álbum Nota de paso. Esta vez O' Carolan está acompañado por el cuarteto de cuerda Concuerda durante un concierto en La Campana de los perdidos. Aunque el sonido de esta pieza nos invita a soñar con los campos irlandeses, su orígen hay que buscarlo en la música tradicional de la zona del Pirineo aragonés, más concretamente, en la población de Aragües del Puerto, en el Valle de Hecho (Huesca)



Es probablemente el álbum Nota de paso, el más relajado en la discografía de O'Carolan. Como una constante caricia de acordes delicados que encuentran la belleza en el minimalismo, en el momento fugaz, en aquello que transcurre antes nuestras miradas, casi sin darnos cuenta. Altamente recomendable.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Soltando lastre


El sueño de viajar
y no poder arribar
me mantiene en vela.

A ti, mi extraño, escribo.
Suerte de engaño, mal chiste,
burla.
Sin desearlo, parte de mi,
como un estigma
disfrazado de indentidad,
uno de esos abismos que me conforman
y poco a poco,
van destruyendo.

Soltando viejos lastres
que impiden mi rumbo certero
estoy aquí,
imaginándote. 
Y cuando te pienso
rompo los pactos
y las cartas selladas
y las mentiras;
desprecio todos los espejos
que reflejan mi sangre.

Así te escribo,
desprendido,
como a una huella 
que no quiero repetir,
la roca donde ya no tropieza
mi insomnio. 

Porque la pesadilla de viajar sin rumbo
murió con los pasos que te alejaban,
inédito.

A ti, mi hallado,
escribo.
Odiado antes del ser.
Mi última posibilidad,
mi decepción,
mi constructor de precipicios.
A ti, mi extraño.
A ti, mi padre.


Cada uno celebra el día del padre como buenamente puede. Yo pasé muchos años durante la EGB, obligado en clase de Plástica a construir artilugios poco productivos para regalar cada 19 de marzo a un hipotético padre. Al llegar a casa, los diabólicos artefactos se acumulaban en mi habitación sin tener un destinatario claro excepto el polvo. Debían suponer los curas que todos los niños que iban al Calasancio, debían tener padre. Pero no era así. Con este poema saco el dedo corazón a todos aquellos curas del Calasancio y rompo todos los maléficos artilugios que construíamos en clase para el día de San José.

martes, 18 de marzo de 2014

Sesión de cine, momentos: La hora de los valientes (Antonio Mercero. 1998)


Llegada de Las meninas a Ginebra
El romántico recuerdo que existe hacia la República en nuestro país, comprensible, lógico y cada día más extendido, ha tenido su reflejo en el cine español con un gran calado, en algunas ocasiones de manera más justificada o mejor abordada que en otras. Pero aún así,  El Museo del Prado es más importante para España que la Monarquía y la República juntas, decía Manuel Azaña, presidente de la Segunda República Española y en torno a esta premisa gira el argumento, en ocasiones demasiado previsible, de La hora de los valientes. Todo el trasiego que llevaron las obras de arte del Museo del Prado durante la Guerra Civil española es un tema muy amplio y complejo que en esta película se roza de pasada y se intenta reflejar en la imagen de Manuel (Gabino Diego) un joven anarquista, celador del museo que, en el último momento, rescata el Autorretrato de Goya, de debajo de unos escombros (algo completamente increible que los responsable del Tesoro Artístico dejaran olvidada esta obra). En la realidad, las obras viajaron a Valencia, de ahí a Barcelona y de Barcelona a Figueres. El compromiso internacional, al principio, fue nulo y hubo que esperar a 1939 para que se decidiera enviar las obras a Ginebra. En todo este éxodo artístico, relatado minuciosamente en Éxodo y exilio del arte (Arturo Colorado Castellary) el peor parado fue, precisamente, Los fusilamientos del 2 de mayo de Goya, que fue rasgado contra un balcón durante el traslado a Barcelona, desde Valencia. Quizá por esta razón, a modo de homenaje y como una premonición de la penuria que sufrió el Madrid republicano, la película comienza y finaliza con esta obra y con el entrañable Manuel explicando la vida y milagros de su autor, Francisco de Goya.
Pero la cinta, alejada de tintes realistas para aproximarse más al romanticismo, no cuenta el periplo de aquellos tesoros viajando hasta Barcelona y después a Ginebra. Lo que aborda es la tierna historia de ese humilde celador viajando por un Madrid desolado y protegiendo en todo momento el Autorretrato de Goya, hayado bajo los escombros de una sala del Prado. Y pretende reflejar, en la figura de Manuel (sin duda, el nombre del celador protagonista de esta historia es otro guiño a Manuel Azaña), a todos los valientes que, en algunos casos, se jugaron la vida por salvar el arte de la barbarie humana de la guerra.
En algunas ocasiones, la película lo consigue, pero en la mayoría cae en una sensiblería facilona en una historia donde, desde el minuto uno, el espectador sabe cómo va a terminar. Sin embargo, hay un par de momentos que me gustaría destacar de La hora de los valientes. Uno de ellos se produce hacia la mitad del metraje. Manuel, vive en una pensión regentada por su tía Flora (estupenda, Adriana Ozores) junto a Carmen (Leonor Watling), una joven que rescató, tras encontrarla en el metro de Atocha durante un bombardeo y al abuelo Melquiades (Luis Cuenca). 
Flora (Adriana Ozores), Melquiades (Luis Cuenca) y Manuel (Gabino Diego)

Carmen (Leonor Watling)
La familia no sabe dónde esconder la obra rescatada del Prado. Durante una inspección de los milicianos, deciden colgar el cuadro en la pared como si fuera un simple retrato y ante la pregunta de uno de ellos, Melquiades irónicamente responde "es mi tío Paco, de Zaragoza" y de esta manera consiguen que la obra pase desapercibida y burlar el registro al que son sometidos. Otra de mis escenas preferidas en esta película ocurre durante el "bombardeo de pan blanco" que las tropas franquistas hicieron sobre Madrid, mientras por la radio se escucha esta propaganda del bando republicano: "Atención madrileños, para acabar con nuestra moral de heroica resistencia, aviones rebeldes han comenzado a arrojar sobre la población panecillos envueltos en insultante propaganda fascista, no comáis ése pan envenenado, el pan que llegue a vuestras manos debéis entregarlo en la comisaría más próxima o en vuestro sindicato, ese pan que nos tira Franco como si fuésemos perros". Carmen decide recuperar algunos panecillos envueltos en propaganda franquista ya que el hambre hace estragos en todos los habitantes de la pensión de Flora. Cuando Melquiades llega a casa y ve a Carmen comiendo de este pan, pone el grito en el cielo y le pide que deje de comer porque está envenenado. Al final de la escena Melquiades acaba comiendo también de ese pan, maldiciendo a las tropas franquistas y gritando ¡Viva la República! Es una escena que traslada con un punto cómico la cruda realidad que vivían los madrileños durante el asedio. 
Manuel con Goya debajo del brazo y Melquiades.
Con todo, quisiera destacar como aspectos más realistas que sí traslada la película, las largas colas que había que esperar para conseguir algo de aceite o leche, a través de las cartillas de racionamiento. La necesidad de vender cualquier efecto valioso, a pesar de que su valor fuera sentimental, para poder sobrevivir; la falta de comida, el hambre, o recurrir al disfraz de embarazada (como hace Carmen en una escena) para recibir más alimentos en las colas que formaban las mujeres con la cartilla de racionamiento. Son aspectos que dan cierto realismo a la película pero quizá no el suficiente. Así pues, La hora de los valientes es un buen intento pero se queda ahí. No cuenta la aventura que sufrieron las obras de arte, viajando desde el Museo del Prado y tampoco consigue personalizar toda esa hazaña en el personaje de Manuel ni, precisamente, recuperar todo el sentido que tiene la frase de Manuel Azaña y que parecía ser el motivo en torno al cuál quería girar la obra de Mercero. 


martes, 11 de marzo de 2014

Un viejo flexo




El pasado ocho de enero el Ateneo Jaqués cumplía un año desde su presentación oficial en el antiguo Casino de Jaca. El 2013 fue un año para asentar las bases de la asociación y formalizar todos sus trámites burocráticos. Recientemente se ha creado el blog del Ateneo Jaqués que podemos visitar en este enlace.
 El pasado fin de semana, para conmemorar el Día De La Mujer Trabajadora la Asociación Las Ruablas realizó una exposición fotográfica en Hoz de Jaca (Huesca) para la que el Ateneo cedió algunos poemas. Esta fue mi pequeña aportación:



El viejo flexo

A la gastada luz del flexo
las montañas de tus deudas
desbordan una mesa color caoba,
cada día más pequeña,
cuando parece que el mundo
ya nos ha dado la espalda,
definitivamente.
Ni siquiera puedes salir de tu casa.
Tienes miedo.
Temes que al poner un pie sobre el asfalto
la calle se convierta
en una gran lengua negra,
las aceras en labios,
los bancos en dientes,
las alcantarillas en estómagos,
y la gran boca, esa ciudad o el abismo,
acabe devorándote
y te digiera con dificultad
para expulsarte, después,
al sumidero de las puertas que se cierran
y responden “ya te llamaremos”.

A la amarilla luz del flexo,
en el bosque de las facturas,
parece que no exista el claro del césped
para descansar.
Entonces, propones hacer lo que mejor sabes
y al momento responden,
entre risas y bromas,
que no puedes trabajar
con las manos inmovilizadas
y prendidas a recios grilletes
de frías celdas oscuras,
escondidas en los sótanos
de las grandes mansiones.

Tan solo, aprende tu canción de lucha,
cántala fuerte y claro,
hasta que sangren los oídos
de los necios que habitan
un parnaso financiero
y no saben escuchar:

El trabajo es un derecho,
no la esclavitud.

Grita fuerte,
canta alto,
hasta quebrar la sucia bombilla,
a la luz del flexo,
y en esa suave mañana
que ha de estallar
la luz del sol sepa iluminar
la única verdad.

Desde aquí os invito a seguir las actividades del Ateneo Jaqués durante este 2014 Serán anunciadas convenientemente en el blog Ateneo Jaqués

jueves, 6 de marzo de 2014

Papeles mojados

Venecia, por William Turner


Afuera
se desdibuja el patio de la catedral
y en el lienzo de la lluvia
ningún trazo es certero.

Sin embargo,
he conocido el cofre de los amantes
donde se dibujan animales, plantas,
flores y dragones.
Grano a grano la arena
viola la gravedad
y segundo a segundo
se cumple en ti el milagro,
las olas suspendidas.

Las calles ancianas a mis ojos principiantes
velan un puñado de secretos.
En este cofre que yo guardo
desconozco si volaron los dragones.
Pero resuelvo mis enigmas
en tus papeles mojados de Amsterdam.
Envuelven con cuidado
la llave que abre las puertas
de los silencios más ancianos.

domingo, 2 de marzo de 2014

Domingos musicales: Una guitarra entre dos tierras


Aquel hombre de traje gris y camisa blanca, aparecía detrás del mostrador. Era el último de una larga fila de pasajeros que habían acudido acalorados para exponer sus quejas a la compañía. Tenía un aspecto serio, grave. Enjuto, no muy alto, llevaba barba de unos cuantos días y una discreta melena que intentaba compensar la ausencia de flequillo. Una vez más, la azafata se armó de paciencia y esbozó otra sonrisa de maniquí aeropuertuario. "He perdido mi guitarra", lapidarias y directas, fueron las primeras palabras pronunciadas por aquel pasajero. "¿Perdone? Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle?" -la chica se esforzó por comenzar así una conversación normal- Muy educado, el pasajero se disculpó por no haber saludado a la señorita y repitió:  

-Buenas tardes. Verá, no encuentro mi guitarra. Quiero decir que yo he llegado, pero mi guitarra no. 

-Vaya, comprendo -respondió ella y protocolariamente continuó- La compañía comprende su situación y le pide disculpas por los agravios causados. Si me permite su billete y su documentación, vamos a intentar localizar su guitarra. Si quiere, para agilizar, vaya diciéndome ya sus datos. Vamos a ver, ¿nombre?

- Paco -respondió solemnemente-

- ¿Apellidos?

- de Lucía

Lucía, cansada ya de pasajeros bromistas que intentaban tontear con ella, sosteniendo su identificación, miró desafiante al pasajero y sentenció: "No, Lucía soy yo. Pregunto por su apellido, caballero". Contrariado, el hombre insistió: "Señorita, mi apellido es ese, de Lucía. ¡Que soy Paco de Lucía! Siento mucho que coincida con su nombre, pero ya no puedo remediarlo" Lucía, visiblemente avergonzada y sosteniendo el billete del pasajero entre sus dedos, comprobó que aquel hombre no estaba allí para bromear. Intentó seguir con el protocolo. "Bien, perdone. Le ofrezco mis disculpas, señor. Entonces, don Paco, de Lucía, eh... Paco de Lucía...¡Ah, Paco de Lucía!, ¡el de la guitarra!". Toda la sangre de su cuerpo acudió a su cabeza, sus mejillas se sonrojaron y sus ojos, insólitamente abiertos, apartaron la vista del pasajero para clavarla en los papeles que yacían sobre el mostrador. Tierra trágame -pensó- Y a continuación, cerrando los ojos, siguió meditando. ¡Dios! Mi compañía acaba de perder la guitarra de uno de los mejores músicos del mundo...la guitarra que normalmente interpreta Entre dos aguas, ahora está entre dos tierras... 
Intentó recomponerse y atender al músico como si fuera un pasajero cualquiera. "Señor Paco...eh, don Lucía... eh, señor Paco de Lucía...no, no se preocupe. Por favor, aguarde un instante. Voy a intentar localizar su guitarra". El músico, al ver el nerviosismo de la joven, esbozó una sincera sonrisa e intentó animarla con sus palabras: "Tranquila, muchacha. No puede andar muy lejos"

Pero sí, andaba lejos. De hecho, no andaba. Ni se había movido. Seguía en el aeropuerto de partida, en Barcelona. Lucía explicó a Paco que, por alguna extraña razón, su guitarra no había sido embarcada en el vuelo hacia Mallorca y que había quedado en tierra. No obstante, había sido localizada y llegaría en el próximo vuelo que hubiera desde la ciudad condal hacia Palma. Como, al parecer, aquella era la única solución visible, Paco quedó conforme. A petición de la muchacha, firmó los papeles para que, al llegar el próximo vuelo, devolvieran la guitarra a su domicilio particular de Palma. Y agradeciendo el trabajo de la joven, desapareció por la puerta de salida del aeropuerto. "¡Adiós maestro!", se despidió la azafata. El supervisor de la compañía llegó al mostrador para comprobar las últimas reclamaciones del día. Lucía enseñó los papeles firmados por el músico y todavía con el nerviosismo en el cuerpo dijo: "Mira, le hemos perdido la guitarra a Paco de Lucía" El supervisor, sin saber muy bien de quién hablaba, respondió: "Muy bien, ¿te ha firmado los papeles?" "Sí-respondió ella- pero ahora me doy cuenta de que no le he pedido un autógrafo. ¡Con lo que le gustaba a mi madre!"


Con esta anécdota de Lucía, totalmente verídica, he querido recordar al incomparable guitarrista Paco de Lucía, que murió en México el pasado 25 de febrero. La anécdota tuvo lugar en 2007, en el aeropuerto de Palma de Mallorca, isla donde pasaba gran parte del tiempo, descansando. Lo curioso del caso es que, realmente, el nombre del músico era Francisco Sánchez Gómez. Al parecer, Paco no quería saber nada de su nombre real, ya que en todo momento se identificó como Paco de Lucía, su nombre artístico, un homenaje al nombre de su madre Lucía Gómes. Quiero despedir a uno de los mejores guitarristas del mundo con esta entrada y un concierto de 1974 que ofreció en la Casa de Almería de Barcelona.


Paco de Lucía en su casa de Palma de Mallorca