| Fotografía de Maravillas Espín Guirao |
Una bola de fuego
en la boca del túnel
provoca el llanto
en la retina desacostumbrada,
fogonazo en el aliento de la noche
que persiste, todavía,
al filo de la mañana.
El amanecer de este día
no dibuja un cielo azul.
Descarna ojos, estalla espejos,
gobierna mentiras, disfraza insomnios.
Cose injusticias
a la espalda de los débiles
con los hilos de la indiferencia.
Despojada de las sombras,
es más cruel
la posada del transeúnte.
Con sus rayos, el sol,
destapa los cubos de la basura,
indaga bajo las alfombras de la ciudad
y descubre camas de hormigón y asfalto,
coches-dormitorio
y hoteles de primera clase
en los cajeros automáticos
de ciertas entidades bancarias.
Una bola de fuego,
nacida en el vértice de la noche,
descifra el futuro
en el primer café de la mañana.
Son las ojeras,
negras, profundas, tristes,
pintadas en el rostro
de una ciudad cualquiera.




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