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| No Danny, no saltes todavía. Todavía puede que haya solución... |
En una conversación de barra de
bar, hace unos días, discutía (sin violencia, entiéndase el término como
valorar diferentes opiniones) con un hombre que esperaba el estreno de The Hobbit: la desolación de Smaug como
agua de mayo, como todo un hito en la historia del cine. La conversación derivó
al Cine, entendido como Arte y yo pronuncié una de esas frases que, aunque
parezcan lapidarias, algo tienen de sentido: “El cine ha muerto” Como expresión
artística, el cine pertenece al siglo XX o el siglo XX al cine. Cuestionamos
cuáles serían las expresiones artísticas del siglo presente y lógicamente, sin
que transcurriera mucho tiempo, la conclusión llegó al mundo del videojuego.
¿Realmente podremos convertir un juego en obra de arte? De momento, estamos en
el año 14 del siglo XXI y los videojuegos, han
avanzado mucho desde su nacimiento, aunque siguen siendo eso, juegos.
Pero, ¿podrán llegar a ser arte? En cualquier caso, no es este un blog donde
hablemos de videojuegos. Hablemos de cine o de lo que nos queda de él.

El gusto por el mal gusto y la
falta de ideas campan a sus anchas en el panorama cinematográfico actual, desde
hace ya unos años. Si realizar un remake de películas como Ocean’s eleven, La guerra de los mundos
o Atraco a las tres resulta
innecesario como también lo es, por poner un ejemplo, exprimir la historia de El planeta de los simios o las sagas
como La guerra de las galaxias hasta
el infinito y más allá, todavía más absurdo me resulta escoger una comedia normalita de 1947 para realizar un
remake apestoso y convertir la clásica, de este modo, en algo más próximo a una
obra maestra. Sí señores, La vida secreta
de Walter Mitty ya no es ningún secreto. Lleva sin serlo desde ese año
1947, cuando el director Norman Z. McLeod
escogió el relato homónimo de James
Thurber para volver a juntar en la gran pantalla a la exitosa pareja Danny Kaye-Virginia Mayo que, dicho sea de paso, funcionaban bastante bien en
la comedia. Títulos como Un hombre
fenómeno (H. Bruce Humberstone. 1945) o El
asombro de Brooklyn (McLeod. 1946 Por cierto, en el cine español, tuvimos El tigre de Chamberí, una suerte de
remake) habían propulsado a la popularidad al tándem Kaye-Mayo y esta fue la
tercera vez que coincidían.

La historia es bastante sencilla.
Walter Mitty (Danny Kaye), que trabaja en una editorial de cómics corrigiendo y escribiendo
guiones, tiene el gran problema de soñar despierto. Sueña despierto en cualquier momento que su imaginación le gasta una mala pasada. Por ejemplo, mientras conduce un coche, mientras escucha las aburridas charlas de su jefe o cuando comparte con su familia una agradable partida de cartas. Esta ensoñación sitúa a Walter como protagonista de las historias que después tiene que contar en los cómics y como una obsesión recurrente, siempre se aparece la misma mujer en estos sueños, una mujer irreal por la que, sin embargo, Walter se encuentra fascinado, mucho más que por su prometida en la vida real. El problema de Mitty provoca en su trabajo una máxima creatividad pero ni su jefe, ni su entorno, comprenden las fantasías del escritor. El enredo ocurre cuando la mujer que es protagonista de sus sueños, como no podía ser de otra manera, aparece en la vida real con el nombre de Rosalind Van Hoorn (Virginia Mayo) una misteriosa joven que intenta escapar de la amenaza que sobre ella se cierne. Un grupo de gángsters persigue una lista de nombres y números de teléfono que Rosalind tiene en su poder, aunque ni siquiera ella lo sepa. A la cabeza de esta banda está el gran Boris Karloff, encarnando al doctor Hollingshead que, en una escena memorable, con la técnica de la regresión, intenta conseguir información de Walter en su propia consulta de psicólogo.
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| Boris Karloff como el doctor Hollingshead |
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La fantasía se mezcla con la realidad hasta tal punto de confundir al pobre Walter Mitty que ya no sabe cuándo está soñando y cuándo vive la vida real. La película alterna el sueño y la realidad con escenas realmente disparatadas (sobretodo en las oníricas) para las que Danny Kaye tenía especiales cualidades. Incluso podemos asistir a un homenaje que especialmente Kaye quiso incluir en la película. Se trata de un recuerdo a El hombre mosca de Harold Lloyd cuando vemos a Walter Mitty huyendo por las ventanas y cornisas del edificio donde trabaja.

Aunque con el tiempo, quizá por la excesiva y temprana popularidad,
Danny Kaye llegó a caer en el olvido, es innegable que fue un cómico innovador. Hijo de una familia inmigrante de judíos ucranianos y nacido con el nombre de
Daniel David Kaminsky comenzó su carrera en Broadway. Y como un homenaje a sus raíces, alcanzó su popularidad con un número titulado
Tchaikovsky en el que era capaz de recitar, sin respirar, 54 nombres de compositores rusos en 38 segundos. Este famoso número lo repitió en numerosas ocasiones, cambiando los nombres que recitaba o incluso el tema al que se refería, pero siempre demostrando su capacidad para pronunciar muy rápido. Como número en Broadway estaba bien pero, la excesiva repetición, acabó cansando al público. Pero, al menos, en
La vida secreta de Walter Mitty, Danny Kaye nos hace pasar algún que otro rato divertido.
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| La mirada perdida de Danny Kaye nos indica que Walter Mitty está a punto de caer en otro de sus sueños |
El famoso relato que
Thruber publicó en 1939 fue propulsado por la película de
McLeod y la historia de
Walter Mitty llegó a ser tan popular que en el idioma Inglés se aceptó el término
Mittyesque para definir a aquellas personas que pasan la mayor parte del tiempo soñando despiertas o creyendo que esos sueños son la realidad y anulando completamente ésta. Tenemos entonces una película importante para 1947 que tuvo su momento, su contexto histórico y su influencia en el público del momento. ¿Qué necesidad hay en la actualidad de volver a rodar esta película?
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| Virginia Maro, Danny Kaye y Boris Karloff |