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domingo, 2 de marzo de 2014

Domingos musicales: Una guitarra entre dos tierras


Aquel hombre de traje gris y camisa blanca, aparecía detrás del mostrador. Era el último de una larga fila de pasajeros que habían acudido acalorados para exponer sus quejas a la compañía. Tenía un aspecto serio, grave. Enjuto, no muy alto, llevaba barba de unos cuantos días y una discreta melena que intentaba compensar la ausencia de flequillo. Una vez más, la azafata se armó de paciencia y esbozó otra sonrisa de maniquí aeropuertuario. "He perdido mi guitarra", lapidarias y directas, fueron las primeras palabras pronunciadas por aquel pasajero. "¿Perdone? Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle?" -la chica se esforzó por comenzar así una conversación normal- Muy educado, el pasajero se disculpó por no haber saludado a la señorita y repitió:  

-Buenas tardes. Verá, no encuentro mi guitarra. Quiero decir que yo he llegado, pero mi guitarra no. 

-Vaya, comprendo -respondió ella y protocolariamente continuó- La compañía comprende su situación y le pide disculpas por los agravios causados. Si me permite su billete y su documentación, vamos a intentar localizar su guitarra. Si quiere, para agilizar, vaya diciéndome ya sus datos. Vamos a ver, ¿nombre?

- Paco -respondió solemnemente-

- ¿Apellidos?

- de Lucía

Lucía, cansada ya de pasajeros bromistas que intentaban tontear con ella, sosteniendo su identificación, miró desafiante al pasajero y sentenció: "No, Lucía soy yo. Pregunto por su apellido, caballero". Contrariado, el hombre insistió: "Señorita, mi apellido es ese, de Lucía. ¡Que soy Paco de Lucía! Siento mucho que coincida con su nombre, pero ya no puedo remediarlo" Lucía, visiblemente avergonzada y sosteniendo el billete del pasajero entre sus dedos, comprobó que aquel hombre no estaba allí para bromear. Intentó seguir con el protocolo. "Bien, perdone. Le ofrezco mis disculpas, señor. Entonces, don Paco, de Lucía, eh... Paco de Lucía...¡Ah, Paco de Lucía!, ¡el de la guitarra!". Toda la sangre de su cuerpo acudió a su cabeza, sus mejillas se sonrojaron y sus ojos, insólitamente abiertos, apartaron la vista del pasajero para clavarla en los papeles que yacían sobre el mostrador. Tierra trágame -pensó- Y a continuación, cerrando los ojos, siguió meditando. ¡Dios! Mi compañía acaba de perder la guitarra de uno de los mejores músicos del mundo...la guitarra que normalmente interpreta Entre dos aguas, ahora está entre dos tierras... 
Intentó recomponerse y atender al músico como si fuera un pasajero cualquiera. "Señor Paco...eh, don Lucía... eh, señor Paco de Lucía...no, no se preocupe. Por favor, aguarde un instante. Voy a intentar localizar su guitarra". El músico, al ver el nerviosismo de la joven, esbozó una sincera sonrisa e intentó animarla con sus palabras: "Tranquila, muchacha. No puede andar muy lejos"

Pero sí, andaba lejos. De hecho, no andaba. Ni se había movido. Seguía en el aeropuerto de partida, en Barcelona. Lucía explicó a Paco que, por alguna extraña razón, su guitarra no había sido embarcada en el vuelo hacia Mallorca y que había quedado en tierra. No obstante, había sido localizada y llegaría en el próximo vuelo que hubiera desde la ciudad condal hacia Palma. Como, al parecer, aquella era la única solución visible, Paco quedó conforme. A petición de la muchacha, firmó los papeles para que, al llegar el próximo vuelo, devolvieran la guitarra a su domicilio particular de Palma. Y agradeciendo el trabajo de la joven, desapareció por la puerta de salida del aeropuerto. "¡Adiós maestro!", se despidió la azafata. El supervisor de la compañía llegó al mostrador para comprobar las últimas reclamaciones del día. Lucía enseñó los papeles firmados por el músico y todavía con el nerviosismo en el cuerpo dijo: "Mira, le hemos perdido la guitarra a Paco de Lucía" El supervisor, sin saber muy bien de quién hablaba, respondió: "Muy bien, ¿te ha firmado los papeles?" "Sí-respondió ella- pero ahora me doy cuenta de que no le he pedido un autógrafo. ¡Con lo que le gustaba a mi madre!"


Con esta anécdota de Lucía, totalmente verídica, he querido recordar al incomparable guitarrista Paco de Lucía, que murió en México el pasado 25 de febrero. La anécdota tuvo lugar en 2007, en el aeropuerto de Palma de Mallorca, isla donde pasaba gran parte del tiempo, descansando. Lo curioso del caso es que, realmente, el nombre del músico era Francisco Sánchez Gómez. Al parecer, Paco no quería saber nada de su nombre real, ya que en todo momento se identificó como Paco de Lucía, su nombre artístico, un homenaje al nombre de su madre Lucía Gómes. Quiero despedir a uno de los mejores guitarristas del mundo con esta entrada y un concierto de 1974 que ofreció en la Casa de Almería de Barcelona.


Paco de Lucía en su casa de Palma de Mallorca

viernes, 21 de febrero de 2014

Noches de Pabostría en Barcelona: Miquel Zueras Connection

Siameses (Miquel Zueras)


Momentáneamente y con motivo de nuestra reciente estancia en Barcelona, trasladamos la fórmula Noches de Pabostría a la ciudad condal y la reconvertimos en Nits de Portolá. Agradecemos, en este caso, la acogida en casa de nuestro amigo Miquel Zueras, un anfitrión estupendo con el que siempre pasamos divertidos momentos cuando visitamos Barcelona. Aquella noche cenamos pechugas de pollo en salsa de queso Stilton (tremendas, Miquel, tremendas...) y tras algunas copas de vino y los consabidos chupitos de whiskey Red Label, Miquel leyó su divertido relato Sexo siamés:


Sexo siamés


Cástor y Pólux –era su nombre artístico, evidentemente-, eran dos hermanos siameses unidos de cintura para abajo. A partir de aquí eran idénticos y compartían muchas cosas aunque había una notable diferencia entre ambos: cuando estaban de gira Cástor dormía como un lirón mientras que a Pólux le costaba mucho conciliar el sueño.

En el cuarto de un anónimo hotel, Cástor roncaba despreocupadamente mientras Pólux tenía los ojos fijos en el alba color merluza que se acercaba tímidamente a la habitación. El pálido sol que asomaba entre los edificios era un somnífero amarillo pero Pólux seguía sin poder dormir. De repente tuvo una idea: ¿Y si me masturbo? Mamá puño y sus cinco hijas solían relajarle en esos momentos insomnes.

Pólux empezó a maniobrar con infinita cautela, no quería despertar a su hermano. Su mano se movía rítmicamente, arriba y abajo. Bien, aquello parecía funcionar. Tenía visiones de tibias almohadas revoloteando sobre su cabeza y sobre cada una de ellas voluptuosas mujeres le dedicaban una lasciva sonrisa. Empezó a agitarse como un bote en medio de una marejada pero se detuvo al ver que su hermano se había despertado. Cástor le miró con ojos cargados de sueño y reproche:

-Esta noche no, Pólux. Estoy muy cansado y me duele la cabeza.

© Miquel Zueras



Por cierto que Miquel Zueras es también uno de estos blogueros que no se conforman con tener un solo blog. Además del que siempre enlazo en su nombre, Miquel es autor de estos otros dos blogs:  Rosebud y Mis fumetis 

Además de la coctelería Boada's y del restaurante La Parra, aprovechamos la estancia en Barcelona para visitar otro bar con encanto, el Xampanyet, que abrió sus puertas en 1929 y donde sirven un vino blanco espumoso, precisamente llamado xampanyet, que acompaña de manera excelente las tapas que llenan la barra, como por ejemplo, las anchoas, muy típicas de este local.

Algo concurrido el Xampanyet, a la hora del vermut

domingo, 9 de febrero de 2014

Sueñorrelato




Ciertamente había un grupo de amigos. Amigos de toda la vida. A pesar de ello, no los conocía. Aunque eso no importa realmente. Yo estaba allí, con ellos y con ella. Pero lo verdaderamente importante es que había una lluvia de fuego, había explosiones, había humo. Y corríamos. La ciudad era desconocida. Y además era una ruina. De cada pared derrumbada, de cada tejado hundido, ascendía una humareda negra hacia el cielo rojo. Todos huíamos. Intentábamos librarnos, despavoridos, de una horda que avanzaba más lentamente que nosotros pero con mayor decisión. A lo lejos, al final de lo que había sido una calle, divisamos aquella casa, rota, desvencijada. Ascendimos por los pocos escalones que aún se mantenían en pie y que conducían a la gran puerta de entrada. Esta únicamente permanecía unida al marco por uno de sus goznes. Tras nuestro paso, intentamos cerrarla, en vano. Una vez en el interior, la desolación que era aquella ciudad se extendía también por el pasillo de la casa. Por los cristales rotos de cada habitación se filtraba el aire viciado que acarreaba hedor a muerte y a  corrupción. Cortinas rasgadas, cenizas por el suelo, pedazos de vajilla y ropas revueltas a nuestro paso. Atravesamos rápidamente el corredor. Como una salvación llegamos a la última de las habitaciones y esta vez sí, logramos atrancar una puerta negra, intacta. Allí, en la oscuridad, podíamos ver sin ojos los últimos coletazos de la masacre. Escuchábamos con claridad, los rugidos, los lamentos, los vaguidos. En la parte trasera de la casa, un último alarido humano. A nuestro lado, allí donde debía existir en tiempos un próspero jardín, el mordisco de varias bestias sobre un cuerpo desmembrado. Y en la puerta que nos separaba de aquella triste realidad, los arañazos de una garras que ansiaban nuestra muerte.


Precisamente aquel era el mayor desconsuelo. Que no existía la muerte. Solo la no vida. Que no había descanso después del fatal mordisco. Pero, poco a poco, el ataque fue remitiendo. Cuando afuera no existía ya ningún sonido y todo parecía haberse detenido, nuestros oídos registraban nuestro propio llanto. El llanto común de unos individuos desesperados que se creían sentenciados a un final fatal, a ese no final que acaba con todo rastro de lucidez. Desde una habitación remota la radio escupía Baby won’t you please come home y Bessie Smith sonaba irónica en un eco ahogado. El más valiente del grupo, del que no recuerdo el nombre, abrió la puerta. Volvía a extenderse ante nuestros ojos el corredor, como un páramo de terror e incertidumbre. Pero esta vez reinaba el orden caótico que queda después de una batalla. Avanzamos con cuidado. Lentamente. La primera habitación mostraba la puerta entreabierta. Accedimos a ella. Era o mejor dicho, había sido, el cuarto de baño. Bajo un espejo roto y sobre el lavabo tumbado contra la pared, yacía el cuerpo de una mujer con la ropa rasgada y ensangrentada.  Solo pude fijar la vista en una pequeña vidriera, desprovista ya de cristales, por la que irrumpía en el interior aquel viento envilecido. Al asomarnos pudimos contemplar los restos de una ciudad consumida, un suelo cubierto de cuerpos inertes.  Algo desconocido había detenido la masacre, aquella horda sin cerebro. Aproveché la circunstancia para huir de esa casa con mi compañera.  Enfrentarse al exterior era un grave peligro pero prefería dejar cuanto antes esa ciudad maldita. Quizá el mundo no estaba infectado y existían aquellos lugares bañados por el sol, habitados por gentes que todavía no pensaban masacrar al propio ser humano. Me despedí del grupo. Bajamos las escaleras cogidos de la mano y comenzamos a caminar apresuradamente. 

Ella llevaba tiempo sin mediar palabra. Demasiado silenciosa. Su mano comenzó a perder fuerza sobre la mía. Era una mano blanda, lánguida, fría. En mitad de una calle flanqueada por esqueletos de edificios, nos detuvimos. La llamé por su nombre pero no reaccionó. Me situé frente a sus ojos y una descarga helada atravesó mi espina dorsal. Sus pupilas no se distinguían de iris ni esclerótica. Todo era una masa informe de sangre. Inmediatamente, apliqué el remedio que había leído en algunos libros y sosteniéndola entre mis brazos, la besé, profundamente. Fue un beso largo. Y en su boca, el sabor fue humanizándose.  Al separarme de ella, sus ojos volvieron a ser aquellos grandes ojos verdes, brillantes, vivos. Respiró aliviada. He llegado a tiempo –dije- Estabas infectada. Debe ser el aire viciado de esta ciudad. Por favor, vámonos de aquí –propuso ella- Y cogidos de la mano …. desperté

Aunque todo había sido un sueño, la realidad con la que había vivido esta historia apocalíptica me sobrecogió. Di la vuelta en la cama con la esperanza de encontrar su cuerpo pero ella no estaba. Sobresaltado corrí al  baño, al salón, a la cocina. Ni rastro. Llamé al teléfono pero estaba apagado. A punto de enloquecer, la desesperación empezaba a hacer mella en mí cuando encontré una nota en la nevera donde pude leer: "Cariño he ido al médico. Me he despertado algo extraña"



Este ha sido mi último sueño desconcertante. Espero que les haya entretenido.  

jueves, 12 de diciembre de 2013

Noches de Pabostría con Miquel Zueras

Ilustración de Miquel Zueras
El pasado mes de noviembre nuestro amigo Miquel Zueras vino a visitarnos desde Barcelona. Tuvimos unos días de mucho cierzo pero nos abrigamos entre las viejas callejas de la ciudad y nos dejamos llevar por la consabida ruta de tapas que siempre acaba en el viejo Texas, probablemente el bar más auténtico del Tubo. Miquel vino con un regalo debajo del brazo, el dibujo que encabeza esta entrada y que, con orgullo, lucimos ahora en la pared de nuestro salón, recordando la tierra de Menorca y su famosa "pomada", ese cóctel típico que se toma para las fiestas de la isla. 

Pues bien, el amigo Miquel también se dejó convencer por las voces de Pabostría y aquí nos dejó su relato El diente:




EL DIENTE

Él y ella discutieron en la cocina. Cuando él se enojaba nunca la miraba directamente, ahora tenía la mirada fija en los pájaros imantados sobre la puerta de la nevera. Arrojó el periódico hacia la mesa forrada de hule. Algunas hojas sueltas volaron perezosas como peces raya. Ella contrajo las mandíbulas y le pareció que sus dientes se quebraban como si mascaran barras de tiza. Un diente se le cayó al suelo. Los dos notaron que habían perdido el control de la situación. Hubo un silencio largo, incómodo. Ella agarró un cuchillo. La potente luz del fluorescente iluminaba el filo con crudeza.  Se agachó y recogió el diente del suelo. Puso el diente sobre una tabla y con el cuchillo lo cortó en delgadas láminas. Chac, chac, chac. Echó el diente fileteado sobre los espaguetis. Les gustaba notar el sabor del ajo en la pasta. Hora de cenar. La tormenta había pasado.

 © Miquel Zueras

martes, 3 de diciembre de 2013

Cariño, no llevas corbata



        Entonces… se escuchó un grito. Inundó la humedad de la noche. Desde la secreta orilla del río y bajo las acacias, aquel sonido atravesó puentes, calles, esquinas y a buen seguro, llegó hasta la ciudad, donde algún transeúnte desocupado escucharía sobresaltado aquel desgarro.


        Alfredo, enfermizamente cinéfilo, después de ver por primera vez Casablanca se compró un esmoquin blanco. Cada vez que escuchaba unas campanillas decía que un ángel había ganado sus alas y la primera vez que vio El golpe, comenzó a organizar timbas de póker en el salón de su casa. Pero esta cinefilia derivaba en desvarío cuando se trataba de aquellas películas que estaban dirigidas por Alfred Hitchcock. Y Rocío, su mujer, pagaba las consecuencias de esta obsesión, armándose de paciencia. No eran pocas las veces que se había teñido de rubio platino o había comprado tal o cual vestido para parecerse a la protagonista de la última película que obnubilaba a su marido. En cierta ocasión, mientras hacían la compra en un supermercado, Alfredo le suplicó que robara algo, alguna baratija sin importancia. Ella, resignada por los delirios de su marido, cogió una manzana roja y la llevó disimuladamente a su bolso. Y es que la pasada madrugada acababan de emitir en televisión Marnie la ladrona.  


       Aquella mañana de otoño, durante el desayuno, Alfredo le pidió que visitera sus mejores galas, que se pusiera bien hermosa. Ella acató con una sonrisa forzada. La invitación consistía en ver Frenesí, su película favorita, en el cine de verano, al aire libre. Rocío lucía, al fin, tras muchos años de constantes cambios, el cabello de su color natural, un castaño claro con tonos rubios. Había dibujado una fina línea sobre sus párpados que resaltaba el indefinido verde azulado que rodeaba sus pupilas y bajo la americana, vestía una camisa negra casi transparente que dejaba entrever su lencería a juego. También había elegido una falda negra, muy corta y unas medias de rejilla que satisfacían al máximo el fetichismo de Alfredo. Este, vestía con un traje azul y una vieja corbata roja cuyo nudo estaba prendido con un bonito alfiler que durante la proyección le sirvió como mondadientes. Una vez terminada la película y por iniciativa de Alfredo, fueron hasta un descampado, junto a la orilla del río, en las afueras de la ciudad. Salieron del coche. A escasos metros, tumbó a Rocío sobre la hierba y sus cuerpos recibieron con agrado las gotas de humedad que ya desprendía la noche de octubre. Allí comenzaron un forcejeo consentido, una especie de juego innato en sus encuentros sexuales. Pero en algún momento de la pequeña charada, Alfredo, fuera de sí, comenzó a desnudar violentamente a Rocío. Primero le libró de su americana. A continuación rasgó su camisa haciendo saltar los botones y rompió por la mitad el sujetador, liberando así sus pechos. Frenéticamente comenzó a devorar sus pezones, cada vez más erectos, en lo que parecían unos mordiscos desesperados. Sin más dilación, le arrancó las bragas y la penetró de manera salvaje. A medida que las embestidas subían de intensidad se desembarazaba de su corbata. En una fracción de segundo y sin saber cómo, Rocío la tenía rodeando su cuello. Apenas podía respirar y sus jadeos se habían cortado a medida que él, como presa de una locura irreparable, iba apretando más y más la roja corbata sobre el pescuezo de su mujer. Alfredo se vació en Rocío mientras el nudo se cerraba definitivamente en su garganta. En ese mismo instante miró sus manos horrorizado y aflojó la soga. Ella, visiblemente sofocada, no dejaba de patalear. Y entonces se escuchó un grito que, al menos por aquella noche, fue un estallido de placer. Pasado el momento y cuando recobró la respiración, Rocío miró sonriente y sincera, por primera vez,  a los ojos de su marido y recordando el final de la película le dijo: Cariño, no llevas corbata. Alfredo le dio la espalda y observó fijamente el río. Solo él sabe qué delgada es la línea que separa el placer de la muerte, el bien del mal. Se pregunta cuánto tiempo tardará en cruzar ese límite.

Fotografía de http://mevoydepicospardos.blogspot.com.es/

Este relato, inspirado en la película de Frenesí (Alfred Hitchcock. 1972), fue seleccionado para publicación y será editado en el segundo número de los Cuadernos de Narrativa Palabras contadas, publicado por La fragua del Trovador Mi amigo Raúl Garcés también fue seleccionado para publicación con un relato que podemos leer en su sección ¿Tiene un minuto? del periódico digital desdeSoria: aquí


miércoles, 23 de octubre de 2013

La Pabostría (relato)



      


          En aquellas tardes, mediado octubre, la puesta de sol ya venía acompañada por la algazara de negros cormoranes, blancas garcetas y las grullas, que sobrevuelan la ciudad, rumbo a lugares más cálidos, como el campo de Extremadura. Y rumbo a algún rincón acogedor también migraba, Roberto García Suñén, cuando se ocultaba el sol a orillas del río y predecía noviembre el primer frío que eriza la piel del caminante desocupado. Normalmente comenzaba con un café, escueto, tímido. La copa seguía al oro negro y era realmente el trago que reconfortaba su espíritu. Roberto se había acostumbrado a salir solo y a beber mucho, mucho más de lo que aconsejaría cualquier médico. Era un hombre cuya historia personal había convertido en lánguido, despreocupado; un estudioso de la Historia, ávido lector y aficionado a la escritura que había dejado de lado el mundo de las letras por, digamos, placeres más mundanos y menos azarosos. Tan solo, de vez en cuando, en sus apáticos paseos recuperaba ese interés por la historia de su ciudad y por todo lo antiguo y solía perderse por el casco viejo recobrando mil y una anécdotas que recordaba de su anterior época como universitario. Entonces, había que imaginar la ciudad como se vería a través de un lienzo antiguo. Envejecida, tenue, como iluminada por lámparas de gas. Fachadas oscuras de caserones sucios, adoquines irregulares por las calles, hogueras en las esquinas que calentaran y protegieran del cierzo helador. Así es como veía él la ciudad. 

              Pero Roberto, con los años de, llamémoslo “inactividad”, había adquirido alguna que otra mala costumbre que preocupaba a su anciana madre, más de lo debido. Y es que el último destino de sus rondas nocturnas siempre era el burdel. De hecho, había fraguado una bonita amistad financiada y sexual con Conchita, una dama de vida alegre que trabajaba en la Calle Refugio, en una casa llamada El fruto del manzano. Conchita era una belleza autóctona, un tanto insólita, roya y de ojos claros. Tan considerable era su amistad con Roberto que este la invitó varias veces a casa de su madre, para cenar, después de haber pasado un buen rato entre las sucias sábanas de aquel cuchitril que no podía llamarse siquiera Club. Para su madre, católica de misa los domingos, confesión y comunión, esto era demasiado. De modo que la buena señora se había entrevistado con el párroco de su diócesis, el padre Enrique, para ver cómo podían ayudar a su chaval de cuarenta años y enseñarle el buen camino de la existencia sin saber que, si realmente Roberto había llegado hasta este punto, era por haber descubierto precisamente lo que era la vida. 

              Padre Enrique, de Medellín, era un alma despreocupada. Así que comenzó a provocar lo que pretendían ser unos encuentros fortuitos. Una charradica aquí, un vinito allá, un paseo hacia la iglesia, “ya que llevamos el mismo camino” El caso es que la insistencia del cura provocó que Roberto cambiara sus rutas habituales y casi de manera involuntaria, evitó que volviera a pisar el burdel, al menos, durante unos días en los que recuperó su hábito anterior de pasear los museos, los barrios antiguos y los Cafés históricos de la ciudad, retazos de lo que fue su vida como estudiante.




           En una de esas tardes tan alargadas que ya la noche enfrentaba la madrugada, al entrar en la plaza de las catedrales Roberto, entre la niebla, sintió una presencia no identificable. Era algo impalpable. Se dejaba advertir pero tampoco se podía afirmar que fuera real. Lo que quiero decir es que podía sentir perfectamente que le estaban observando, sin ver nada, más allá de la niebla. Del mismo modo que Tourneur rodara el primer ataque de la mujer pantera en Cat people, entre las sombras de las callejas antiguas, Roberto era incapaz de discernir unos ojos vigilantes posados sobre su espalda. Sin embargo, estaban ahí. Aligeró sus pasos. Aquellas calles que tanto había estudiado, le refugiarían de cualquier ataque del mismo modo que, allá por 1809, resguardaron a los zaragozanos en los ataques de las tropas napoleónicas. Enfrentaba la calle de la Pabostría, otrora llamada Pabostre, e inmortalizada por Pérez Galdós en su episodio nacional titulado Zaragoza. Aquí, en los famosos Sitios, la ciudad se defendió con tal rebeldía y resistencia que las tropas francesas avanzaban por números de portales, ni tan siquiera por calles. Roberto reparaba en todas estas porciones de la Historia que tanto había estudiado para calmar su desasosiego. Bajo las farolas de la estrecha calle y junto a la tapia que delimita el jardín de la Catedral, Roberto descansó unos segundos apoyado en una de las fachadas de las antiguas casas donde todavía se pueden apreciar los sillares de la muralla romana, reutilizados aquí para levantar nuevos palacetes. “Pabostría” repitió para sus adentros, leyendo la placa que nombraba la calle. Lo hizo como rebuscando en su mente una puerta que se había cerrado y que ahora parecía querer abrirse. Pabostría, praepositus. Era un cargo eclesiástico que administraba los bienes, las rentas y se encargaba de la distribución de las raciones para el clero. También, antiguamente, estaba situado en esa parte de la ciudad el horno que llevaba el mismo nombre, donde se preparaba el pan de la iglesia y las hostias que se repartirían durante los oficios religiosos. Pero no era este punto el destino al que su cerebro quería llegar. Había más. Había una leyenda, una historia que pertenecía al Aragón fantástico, brujo, espiritual. Un mito sobre el alma en pena de un clérigo que vagaba las noches de niebla, atrapando las almas sucias, pecaminosas y arrastrándolas hasta las orillas del Ebro, el río que se encargaba de hacer el resto, hundiéndolas en el fondo de sus profundas aguas oscuras. Pero ahí se detenía su mente. No iba más allá. Y a decir verdad, no era mucho. Además Roberto confiaba en la Historia y nunca se había dejado llevar por cuentos de brujas y aquelarres. Pensando esto, fue el instante en que, de repente y entre el vapor de la noche, advirtió la presencia corpórea de una túnica negra, apenas una silueta, detenida al final de la calle, cercana al ojival Arco del Deán. Tímidamente fue hacia ella, impulsado por el deseo de descubrir quién se ocultaba bajo esa capa. Y en el momento que podía tocarla, alargando un poco el brazo, la sombra atrapó su muñeca, con un rápido movimiento de la mano izquierda y fuertemente, inmovilizó a Roberto. Un farol suspendido en el muro completó la escena. Iluminó completamente la silueta y el rostro del padre Enrique. Roberto no entendía nada. Preguntó entre gritos qué era aquello, por qué ese hombre había seguido sus pasos, de madrugada, hasta aquella calleja y cuál era el propósito de su ataque. Sin mediar palabra, el clérigo sacó con la mano derecha un crucifijo de plata que enfrentó al rostro de Roberto, como si este fuera un vampiro o el mismísimo Satanás. ¡Por la salud de tu madre te ordeno, que no vuelvas a visitar esas casas que ofrecen la carne del pecado a cualquier precio, que no regreses nunca a un burdel! - exclamó el cura-. Y cuando el padre Enrique esperaba la claudicación y el miedo reflejados en los ojos del chico, fueron sus propias pupilas las que reflejaron un pavor gélido, desconocido hasta entonces por el párroco, cuando Roberto sacó de su bolsillo una fotografía de su amiga Conchita encamada con el cura, una sórdida noche de diciembre, después de la misa del gallo. 

           La sombra negra desapareció. Roberto comprobó de esta manera el origen de ciertas fábulas fantásticas como la de Pabostría. Sacudiéndose el frío de la noche, sacó el teléfono de su bolsillo y marcó un número. Conchita, ¿qué tal estás?



- Fotografía 1 de la Calle Pabostría, escogida de Ojo digital
- Fotografía 2 de la Calle Pabostría, donde podemos observar la puerta que fuera la principal de la Seo, allá por el siglo XVI, escogida del blog A la sombra de la sabina
- Fotografía 3, Calle Pabostría y trasera de La Seo, obra de Miguel Sanz 
- Fotografía 4, en propiedad. 
- Fotografía 5, La Seo, escogida de Saucépolis, autor: Fernando Lafuente Ferrer. 

Música: Nino Rota, Amarcord (1973)

Nota: Este relato está vagamente inspirado en un corto titulado La Pabostría, realizado el año en que nací, 1981, por Jesús Ferrer, Juan José Lombarte y Carlos Pomarón. Dejo a continuación el corto: