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jueves, 7 de junio de 2012

Sesión de cine: El salario del crimen (Julio Buchs. 1964)



Arturo Fernández (Mario) y Alberto Dalbés, en el momento final de la película
Aprovechando que el último número de la revista digital La Caja de Pandora revisaba ampliamente el cine español, me dio por zambullirme en la aventura de continuar descubriendo aquellas películas curiosas que allá por los ocasionalmente fructíferos años sesenta se filmaron por estos lares y de este modo, aunque también movido por mi particular debilidad hacia el cine negro, llegué hasta El salario del crimen, película que en 1964 dirigiría el madrileño Julio Buchs con guión de José F. Alonso Oriba y que representa un avance más del género en nuestro país. La película goza de un brillante argumento, un comienzo trepidante y un buen ritmo que, no obstante, decae solo en algunos instantes, bien por algunas escenas grises y sin importancia que empañan la historia o bien por algún giro inesperado en la personalidad en alguno de los personajes principales. Pero, aún así, estamos ante un buen trabajo, ejemplo de la evolución que, en menos de quince años, obtuvo el género noir en nuestro país, salvando barreras tan "infranqueables" (nunca mejor dicho) como la censura de la dictadura.
Redada policial encabezada por el comisario, José Bódalo
 Mario (Arturo Fernández) es un policía entregado a su trabajo, hijo de un comisario que resultó asesinado en acto de servicio y por ello, ligado a un sentimiento de venganza que su jefe, José Bódalo, intenta apaciguar. En una primera escena espectacular, Mario y sus compañeros (entre los que se encuentra Manuel, Manuel Alexandre) intentan atrapar a un delincuente (Alberto Dalbés), en el interior de una casa. Pero el delincuente hiere mortalmente a uno de los policías y consigue darse a la fuga. Este nuevo asesinato, resucitará en Mario los viejos fantasmas de la muerte de su padre y le hará implicarse de manera casi obsesiva en el caso. Durante la investigación, Mario visita un establecimiento con su compañero Manuel, lugar donde conoce a Elsa (Françoise Brion), femme fatale (el personaje menos convincente de la película) de la que caerá inmediatamente fascinado. Mario sustituye su obsesión laboral por esta otra de caracter más carnal.
Arturo Fernández y Françoise Brion
En los primeros momentos que Mario pasa junto a Elsa, somos testigos de una de las escenas más interesantes de la película, ejemplo de cómo Julio Buchs logra despistar la censura franquista, sin mostrar nada y contándolo todo. Esta escena transcurre en el apartamento de Elsa. Están en el dormitorio, en la cama. La cámara es subjetiva, los espectador somos Mario. Con un inteligente movimiento nos muestra toda la habitación, la cama revuelta, el humo de los cigarrillos, los brazos de Mario y la ventana abierta. Sin mostrar nada, hemos sido testigos del primer encuentro sexual de estos dos personajes.
Mario (Arturo Fernández) y Elsa (Françoise Brion)
 La historia sigue su curso. Mario intenta luchar contra esa fatal atracción que Elsa despierta en él pero, no solo es incapaz sino que comienza a entrar en su juego, a ceder a su mundo, a sus caprichos y a su continua demanda de dinero.  Mario es arrastrado, casi imperceptiblemente, con una lenta caída en la que Buchs nos va retratando inteligentemente la decadencia del personaje, acabando, definitivamente, al otro lado de la ley. Un inesperado giro dramático, una brillante vuelta de tuerca sorprende al espectador y vemos cómo, efectivamente, detrás de Elsa se escondía el escurridizo delincuente, asesino de su compañero, con el que comenzó la historia.
Manuel Díaz González, en el papel de cajero de banco que intenta chantajear a Mario.
Arturo Fernández cumple sobradamente las exigencias de personaje y guión en su papel de Mario. Explota al máximo su frecuente condición de galán, mezclándola con la dureza propia de un tipo herido por el pasado (en este caso, la muerte de su padre) que se deja arrastrar por el mundo de corrupción con el que habitualmente se codea. De igual manera José Bódalo, siempre brillante y Manuel Alexandre, como compañero de Mario completan con el villano, Alberto Dalbés, un ramillete de sobresalientes acutaciones. La música es estupenda, como siempre en los casos del cine negro español , con destellos jazzísticos importantes y corre a cargo de José Solá. La fotografía, acertada aunque sin excesivos adornos, de Antonio Macasoli. Tenemos en El salario del crimen una película negra, de fuerte influencia del cine francés, un avance interesante sobre lo que el género noir ofreció en nuestras salas.