Marina
descansa con dignidad en el vaho del olvido.
En su mano
derecha, sostiene la Victoria sin cabeza,
un ídolo a
la derrota,
y en su
pliegue de siglos
guarda una
revelación que nadie interpretó.
A su lado,
en formación,
un ejército de recuerdos venido a menos
compone el
tesoro malogrado de la batalla.
Marina,
como si
fuera parte del Tártaro
y su paisaje inerte
vigila con
ojos ya de estatua,
pero no ve.
Ante su
ceguera de piedra
el último
animal suspendido,
medio
vida-medio sombra,
aprovecha
los últimos coletazos
y nada
contra corriente
hacia la
esperanza.
Marina ha
cerrado sus ojos.

