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sábado, 4 de enero de 2014

Perdón por la escritura


Me duele el grito unánime
de todos los árboles,
blanca erosión 
de una nueva palabra.
Ignoro cómo reciclar el silencio
y transformarlo en añoranza
o pasión.

En el vacío que selecciona el reloj
te pierdo demasiado, en lo inimaginable.
Echo de menos tu presencia en lo recóndito,
te recuerdo en el pliegue incógnito
de la sábana arrugada,
después del sexo.

Después del amor,
nadie habita el espacio
entre el agua y tu piel.
Busco la dimensión
a través de tus ojos y su espejo,
la escena inalcanzable 
que representas bajo la ducha.

Me duele el grito unánime 
de todos los árboles.
Solo tú lo puedes callar,
material reflejo,
silenciando con un beso
todas mis palabras.


domingo, 6 de enero de 2013

Gentle rain



Encuentro días
             de acero azul invierno,
horas de hierro
que pasan sigilosas
por la esfera,
como si quisieran no existir,
por el andén
que es mi reloj de pulsera.

Como si desearan no insistir,
rodean mi muñeca,
me detienen
y advierten
que son ellas las que no se detienen.

Pase lo que pase, no agotan sus pasos.
Pasan.

Transcurren las horas del filo de la navaja,
se descuelgan
y yo danzo encima de ellas,
intentando conquistar su ritmo.

Como si quisiera conquistar el tiempo,
tropiezo.
Mis pies ya no saben bailar.
Es el momento en que un piano, 
de algún lugar remoto, nace
y está lloviendo.

Yo quiero ser él.

Solo deseo ser la rosada
                                      o
una lluvia susurrante
que no se siente, ni se ve, ni se escucha.
La lluvia suave
que, al día siguiente, sorprendentemente
ha cubierto la ciudad con su humedad.
-Sale el sol que todo lo seca. 
Pero estuvieron allí. 
Quisieron ser-

Deseo el gusano de esta manzana podrida
de casas,
el frío hiriente en mi cúbito de hielo
y en mi radio impaciente, el dial marchito;
este alucinaje de palabras
preparando
un alunizaje de poemas
que desean más que un sueño
para contar,
que conocen de lo que este mundo
es capaz.
Quiebro mis barrotes como huesos,
quemo las escamas de la piel.

Solo quiero ser
el rastro en tus ojos
de la lluvia susurrante.



La canción que suena es Gentle rain, por Diana Krall

sábado, 3 de noviembre de 2012

Mi barrio



Con el cielo en sangre, el barrio donde vivo
reluce espléndido, canta
y viste de gala
a todos sus fantasmas.
Ellos revelan historias,
delirios de grandeza,
a pordioseros y borrachos,
dormidos o moribundos,
en desvencijados bancos,
a la sombra de la iglesia.

En el barrio donde vivo
señores con chistera
y carruaje de caballos
cortejaban a las damas
de la alta sociedad.
Hacían manitas con el agua bendita
y maldita era el agua
que limpiaba sus manos
al comprar misas y comprar sermones.

Los lunes, el barrio donde vivo
se llenaba de jóvenes prometedores,
estudiantes de universidad
y las tardes, de luces y sonidos,
música
y grandes Cafés
que una vez fueron famosos.

El barrio donde habito es hoy una sombra.
Calaveras vivientes
cubiertas por papel de fumar 
la propia piel
sufren las consecuencias del exceso,
la mentira,
o los surcos que dibujan bajo los ojos
las noches asesinas
de aquellos sueños que fracasaron.
Delirios proyectados
en un tiempo tan lejano
que desde esta bahía parecen un cuento,
sueños de ayer,
pesadillas de fantasmas.

El barrio que habito
nada tiene que ver
con las luces del pasado.
Los carruajes de caballos
son maderas apiladas y carcomidas
en un rincón donde hoy mean los perros.
Los trajes de terciopelo
y las chisteras de los señoritos
son harapos enrollados
en el fondo de las alcantarillas,
la andrajosa bufanda
del yonqui inmortal,
el taparrabos del hombre
que duerme en un cajero
porque conoce la verdad.

Las orquestas 
son viejos desdentados con una guitarra,
las cigüeñas son artificiales
y ocupan sus nidos de laboratorio.
Los bares son franquicias,
se imitan los unos a los otros.
Cuelgan fotografías antiguas
y venden café asqueroso
por 1,50 la taza.

Este barrio,
una vez soñó con el río
pero hoy permanece estancado
demasiado lejos de algún puente
bajo el que vive una ciudad distinta.
Por esta razón, quizá,
aquel tiempo pasado
se refleja ahora
en todas las parejas que duermen en la calle,
en el local clandestino
donde una bruja predice tu muerte
o en las jeringuillas dormidas
en las papeleras
que inyectaron un pasaje
demasiado caro
hacia la imposible realidad.

Cuando anochece sobre los tejados 
del barrio donde escribo,
un piano lejano
dibuja una melodía desafinada,
una luna de vinilo sigue girando
por los justos
y al compás, mis fantasmas,
surcan paredes
y proyectan puentes
que no se llegaron a construir. 
Fotografía antigua de la iglesia de La Madalena
*Ha sonado A blossom fell, por Diana Krall