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| Catedral de Jaca por Enríque Pérez Tudela |
Don Ataúlfo la vio cruzando la
románica catedral de Jaca. Sus sombras la acogieron. Ojos claros, cabello rubio,
cara de niña. En ella veía la inocencia hecha mujer. Recogida en un banco, cada
mañana, escondía el rostro entre sus manos blancas y pequeñas. Alguna vez pensó
en preguntarle por quién rezaba tanto pero no quería interrumpirla. Don Ataúlfo,
el párroco, ignoraba que cada día, a las ocho de la mañana, comenzaban las
obras en casa de la joven y que en diciembre, la catedral, era el único lugar
de Jaca donde no hacía frío y se podía dormir.
