Ruinoso.
Abandonado, polvoriento, cuchitrilero Café
de mesita carcomida y desconchada antología
etílica.
Cascarón de proa en el insigne buque Oroel,
altozano inapelable, buitrera, roquedal,
malnacido alcázar abandonado,
jaula de pasado, memorial
de fantasmas y fusilados, ejido;
maltrecha y oxidada carcasa
de automóvil sin piel, vencido
por el paso de las lluvias
y el ciclo de las tormentas,
fósiles mecánicos
arrojados al desesperante erial camposanto
con alma de metal,
vieja antena receptora
de telégrafos ancianos,
rodeada por la mala yedra, inmovilizada;
olivo envirado, horca en la sombra,
hueco de escalera, soga artesana,
foso repleto de esqueletos,
adorada viga inquebrantable,
lecho del río.
Minucioso estudio de incomparables oquedades
dispuestas para el suicidio
o la escritura.
Igualmente,
cuando tu cuerpo necesita
su habitual dosis de sexo
para seguir latiendo,
desprende un inconfundible aroma a petricor,
manía compartida
con el reciente cadáver expuesto
bajo la lluvia profunda.
Al fin, estas contradicciones insanas
son las que debe solucionar
la poesía.
